Con tesón, perseverancia y no poco talento, Pablo Vega Otero ha ido situándose entre los ingenieros de sonido de más renombre en la comunidad. Contar con él para Media hora (y un epílogo) es toda una suerte, pues ya en la fase de pre-producción ha contribuído con ideas que no sólo se limitan a lo sonoro, sino que también se extienden a otras áreas creativas. Su profesionalidad y carácter proactivo hacen de él uno de los miembros más activos e indispensables de cualquier equipo audiovisual o cinematográfico. Le hemos quitado media hora de su ajetreada agenda para que podáis conocer un poco mejor a Pablo la persona, y el productor.

entrevistapablo_1Foto: Diario de León

Estudiaste Ingeniería Industrial, pero tu carrera parece que dio un giro bastante súbito hacia la música y la producción. ¿Cómo surgió el momento que te llevó a tal decisión?

En realidad no fue tan “súbito”; desde pequeño tenía un órgano electrónico con el que tocaba entre otras cosas música de Vangelis o Jarre. Después descubrí a Kraftwerk, Tangerine Dream… Poco a poco fui aumentando mi “arsenal” de sintetizadores, cajas de ritmo… Y al llegar el MIDI, los ordenadores y los grabadores de 4 pistas en cassette ya me abdujeron por completo de los estudios.

Siempre pareces haberte movido más entre mesas de mezcla que entre camerinos. Normalmente los músicos que eligen el estudio por encima del escenario suelen tener motivos de peso para ello. ¿Cuáles son los tuyos?

Probablemente que toco muy mal…

Y el hecho de que tardé en encontrar gente que compartiera inquietudes musicales, como ocurrió con el grupo Ars Torga, que fundamos hace ya bastantes años y en el que aprendí mucho. Hasta entonces, gracias a -o por culpa de- los sintetizadores y la tecnología MIDI, yo podía ser un poco “hombre-orquesta” y hacer temas musicales completos en mi propia casa, lo que me fue derivando también hacia los equipos de grabación.

Ruido Producciones ha acabado convirtiéndose en uno de los principales estudios de producción sonora de León. Entendemos que empezaste a las afueras y con un equipo más humilde. ¿Cómo te sientes al echar la vista atrás?

Siento una mezcla de satisfacción por haber trabajado con mucha gente que en su mayoría son ahora amigos, y por otro lado la pena de pensar que el mundo de los estudios de grabación está en declive, porque sigo creyendo que el sitio apropiado para grabar un disco es un estudio, por muchos motivos. Ahora que ya iba cogiéndole el tranquillo…

Has trabajado en un gran número de documentales. ¿Es este un campo que te interesa especialmente? ¿En qué dirías que se diferencia dicha disciplina en cuanto a la música y al sonido aplicado a este tipo de formato, en comparación con el cine?

El documental es menos exigente que el cine en el sentido de que no suele haber una acción que ilustrar musicalmente; la música es en general un colchón, especialmente si hay mucha locución encima. No juega un papel tan psicológico, aunque la tendencia en los últimos años es que el documental sea cada vez más narrativo. Aún así, en el cine te la juegas más; un leit-motiv mal escogido puede sacar al espectador de la acción, y al contrario, a veces es la música la que explica todo, o engrandece una imagen poco afortunada.

Eres conocido por tu labor musical, pero también hay una larga trayectoria en la producción de jingles, mezcla e ingeniería de sonido para programas televisivos, y otros trabajos no musicales. ¿En cuál de las dos ramas prevés que está el futuro de los estudios profesionales de grabación en la era de los estudios caseros digitales?

Parece inevitable que los jingles y la música más electrónica se haga en home studios, ahora mismo con un portátil y un poco de buen gusto se puede afrontar cosas en tu propia casa impensables hace apenas diez años.

El estudio profesional quedará relegado a producciones más ambiciosas; por ejemplo, grabar a un grupo en directo como hicimos hace unos días a los chicos de Chambbabilon, que grabaron su nuevo CD todos tocando juntos con una batería, teclados, amplis, docenas de micrófonos y cables, cascos, etc.

Otra posibilidad de un estudio profesional es la mezcla y la masterización de temas grabados en casa, dado que se dispone de medios profesionales, una acústica controlada y un par de orejas entrenadas…

Cuéntanos cómo conociste a Wim Mertens, y qué aprendiste…

Le conocí hace mucho en uno de los festivales de New Age que se hacían en León, con otros artistas como Michael Nyman, Philip Glass, Paul Winter, Suzanne Ciani… Fue una época increíble. Aunque con muchos de ellos tuve charlas breves -pero muy productivas-, con Mertens pude hablar en más ocasiones.

¿Cuál ha sido tu momento de más orgullo en tu carrera hasta ahora?

Que me llamarais para ayudaros con Media hora (y un epílogo)

¿Cómo te sentiste cuando la Orquesta Sinfónica de León interpretó tus composiciones para Estirpe de Tritones?

Pues no es difícil imaginar mi ilusión, y sobre todo mi gratitud hacia Dorel, su director, Daniel, el entonces director del Auditorio de León donde no sólo se grabó, sino que además se estrenó al público, y hacia todos y cada uno de los músicos de la Orquesta, que suplieron mis limitaciones con mucha disposición y paciencia. El día del estreno yo flotaba…

Tu afición por el cine te ha permitido involucrarte en un buen número de proyectos fílmicos. ¿Cómo se desató esa pasión? Desde tu rama de trabajo, ¿cómo observas el actual panorama cinematográfico en España en general, y en León concretamente?

Me involucré sobre todo al conocer a Julio Suárez y a su hijo Alejandro, que han sido, creo, los cineastas más prolíficos en León desde hace muchos años.

El panorama cinematográfico se cierne “oscuro y tormentoso como el reinado de Witiza”; afortunadamente gente como Epigmenio es inasequible al desaliento y la gente de la calle apoya las iniciativas impulsadas con el corazón, pero no puedo por menos de denunciar la terrible falta de apoyo institucional en nuestra tierra. Envidio a las comunidades que apoyan el cine, encargan proyectos, subvencionan iniciativas…

Tu entusiasmo para con “Media hora (y un epílogo)” ha sido un pilar en el proyecto prácticamente desde su gestación. Es raro, y toda una suerte, para cualquier productor o director, poder contar con un ingeniero de sonido profesional con más de veinte años de experiencia, desde el minuto cero. ¿Cuál fue el gancho para tí?

El gancho fue que la película incorpora una novedad respecto a lo que damos por “normal” en un film comercial, y creo que el principal requisito de una obra de arte es que aporte algo nuevo, y que además lo haga con belleza.

También ayuda a participar el hecho de que apenas se hace cine por aquí, así que apetece estar en el epicentro…

¿Qué es lo que esperas de las fases de producción y posproducción con más ganas?

Que seamos capaces de plasmar el guión con un acabado profesional, que nadie salga del cine disculpando nuestra labor porque sea una producción de bajo presupuesto… Media hora (y un epílogo) es una película compleja narrativamente; así que el sonido puede ayudar mucho, tanto la claridad en los diálogos como la sensación sonora más subliminal, que es el ambiente, la mezcla de la música, etc.

¿Qué sensaciones produjo en ti el guión cuando lo leíste por primera vez?

Como a casi todos los involucrados en la película, me gustó mucho la propuesta; también asusta un poco saber materializarla, sobre todo el reto de contar algo breve visto desde distintas perspectivas, y hacerlo de forma que enganche desde el principio y que se entienda bien. Pero es evidente, hablando con Epigmenio, que él lo puede conseguir.

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