Inés Diago no sólo lleva actuando desde niña, sino que además lo ha hecho desde muy diversas plataformas. Trabajadora nata, con una gran presencia y carente de miedo alguno a la hora de interpretar tanto personajes episódicos en series de popularidad como papeles protagonistas extraños en historias aún más inusuales, parece que no hay nada que se le ponga por delante; aunque ello incluya dedicar meses a llegar hasta el fondo de las más complejas sensaciones humanas para sumergirse en sus personajes. Una actriz sencillamente imposible de ignorar, y cuyo papel en Media hora (y un epílogo) no dejará indiferente a nadie.

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Como muchos actores profesionales, te iniciaste en el teatro. ¿Puedes contarnos un poco acerca de cómo surgió tu amor por el arte escénico, y tus primeras experiencias?

Desde niña, aprovechaba cualquier oportunidad para subirme a un escenario, tanto en actuaciones del colegio como en bailes, danza… Y un día, a través del grupo de catequesis de La Robla, creamos un pequeño grupo de teatro (Grupo Teatro Savio, tomando el nombre del santo Domingo Savio) y representamos La Bella y la Bestia. Mi primer personaje fue “Mujer 1”, con 12 años, y desde entonces no he vuelto a bajar de las tablas.

Tu papel en Media hora (y un epílogo) es algo relativamente inusual en el cine para una mujer. ¿Cómo describirías el personaje, y cómo te sientes ante la oportunidad de interpretarlo?

Es un personaje fuerte, que defiende al ciudadano, y con unos ideales muy marcados. Es inusual porque en esta patrulla es la mujer la que decide, la que organiza y ejecuta la acción. Para mí, es una oportunidad única; soy muy seguidora del genero policial y este perfil de personaje siempre lo suele interpretar un hombre, y cuando lo hace una mujer, siempre parece estar “fuera de la ley”. En este caso, mi personaje ha ganado su puesto por mérito propio y en una lucha constante contra la superioridad masculina en los cuerpos policiales, realizando su labor con rigor, objetividad e imparcialidad.

Hablando de papeles inusuales, hace un par de años encarnaste a una monja en Oscuridad Blanca de Rodolfo Herrero; papel aún más bizarro (en el tono del propio cortometraje) por las compañías que gastaba en la historia… ¿Cómo surgió aquello, y qué te llevaste de la experiencia?

Surgió como muchas otras cosas en la vida; por sorpresa. La actriz que iba a interpretar mi personaje no pudo continuar en el proyecto, y alguien le habló de mí a Rodolfo. Me llamó, nos conocimos, hicimos una prueba y me ofreció el personaje. Fue una de las mejores experiencias que he vivido en la interpretación. Todo el equipo estaba volcado en conseguir que el rodaje fuese perfecto, y era habitual encontrar a actores maquillando a extras, cámaras ejerciendo de ayudantes de producción, miembros del equipo técnico actuando… Fue muy divertido, y con mis tres compañeros principales de rodaje (Alberto, Oscar y Javi), era un circo constante. Lo mejor del rodaje, sin duda, el buen quehacer de Rodolfo y de los compañeros de EvenMedia.

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Has tenido tus incursiones en la televisión televisión, más concretamente en las series El secreto del puente vuejo y El tiempo entre costuras. ¿Cómo surgieron estas oportunidades, y qué diferencias notaste con respecto a trabajar en filmes?

A través de mi agencia en Madrid, me presenté a un casting para El Secreto de Puente Viejo y me ofrecieron un personaje episódico. Son personajes sin relevancia, de los que aparecen, dicen su frase y se van, pero te da la oportunidad de aprender el oficio a otro nivel. Todo es muy grande y mucho más impersonal, cada uno tiene su labor y cada equipo de trabajo (maquillaje, vestuario, iluminación…) está formado por un gran número de personas, pero todo encaja y está perfectamente orquestado. Es abrumador formar parte de algo así. Posteriormente, la productora Ida y Vuelta volvió a contar conmigo para otro personaje episódico en El tiempo entre costuras.

También participaste en un programa de cámara oculta en Cazurrines. ¿Puedes hablarnos acerca de allo, para quienes no lo hemos visto?

Tras conocer a Oscar Chamorro en el rodaje de Oscuridad Blanca, empezamos a idear propuestas para su programa Cazurrines, en la 8 de León. Principalmente realicé cámaras ocultas con el compañero Seth Ferrajón, que tiene un montón de ideas locas o pequeñas performances para sorprender a la gente que pasea por la ciudad. Es muy divertido desarrollarlas en las calles más transitadas de la ciudad y ver in situ la reacción de la gente que se dirige adormilada y aburrida a sus quehaceres cotidianos. Siempre me gustó imaginar a esas personas llegando a casa y contándole a su familia durante la comida: ¡Eh! ¡No os vais a creer lo que me ha pasado hoy!. Esa capacidad que da la cámara oculta para sorprender y agitar a gente completamente ajena a nuestro juego no tiene precio.

¿Cuál ha sido la experiencia más dura y desafiante de tu trayectoria hasta hoy? ¿Hay algún trabajo que pienses que ha marcado un antes y un después en este aspecto, y cuál fue el aprendizaje?

La experiencia más dura fue el pasado verano; concretamente el desarrollo del montaje para Éramos tan felices. Los Panero, cierzo y silencio. Con la directora y compañera Ana Silva, comencé un trabajo de inmersión en mi personaje (Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero) de una manera drástica y visceral. Siempre he interpretado manteniendo cierta lejanía con el personaje, sobre todo si los personajes tienen sentimientos muy fuertes. Recuerdo llegar a casa, tras ensayos diarios durante el primer mes, sumida en la miseria de toda la familia Panero y el drama que les rodeaba. Trabajábamos a partir de un texto, pero por diferencias con el autor, nos vimos cuatro días antes del estreno sin un guión que representar. Todo se nos vino encima, pero tras cerca de tres meses realizando improvisaciones y analizando los personajes, nos dimos cuenta que no necesitábamos ese texto para contar la historia; poco a poco nos habíamos ido convirtiendo en nuestros personajes, y solo tuvimos que idear una situación e interpretarla. Fue algo aterrador, tiempo después, conocer la historia y ver hasta que punto encajaba con lo que habíamos escrito. Esa experiencia fue casi mística, y posiblemente sea lo más real que he interpretado en mi vida.

¿Qué fue lo que te hizo involucrarte en Media hora (y un epílogo)?

Es evidente que Epi es el nexo de unión entre toda la gente que forma este equipo. Desde el primer momento que me llamó y me contó (a modo de secreto) unos cuantos detalles del guión, ya estaba enganchada a la historia y al proyecto. Mi personaje es el motivo principal de involucrarme en la película, pero la historia es maravillosa. Me imagino ese pequeño puzzle de historias inconexas que cobran un nuevo sentido tras los 90 minutos de cinta y no puedo evitar desear que empiece el rodaje.

¿Qué sensaciones esperas que experimente el espectador al ver la película en su conjunto?

Espero que se sorprendan y que empaticen. Tras la variedad de personajes y situaciones se encuentra una historia común, desarrollada en 30 minutos. Media hora que el espectador podrá ir exprimiendo en cada una de las secuencias para llegar a una comprensión (o incomprensión) final… porque, al fin y al cabo, es una historia que podría ser tan real como la vida misma, que podría ocurrir cualquier noche o en la que podríamos vernos implicados cualquiera, y porque lo que entendemos como el bien y el mal están dentro de nuestra naturaleza humana, y así de cruda se muestra en esta película.

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