El actor leonés Javier Pemart ha pasado, en años recientes, a convertirse en toda una revelación sobre los escenarios. Comparte, junto con algunos otros miembros del elenco, un aprendizaje en el Aula T de Mercedes Saiz, así como un buen puñado de cursos diversos de formación, tras los cuales no ha parado de trabajar. Añadamos una pasión y un conocimiento de la historia del cine, teatro y televisión palpables, y nos topamos con un nombre muy a tener en cuenta. Media hora (y un epílogo) será su primer largometraje, y en él promete emplear su aura e intensidad naturales para encarnar a alguien cuya vida da un vuelco súbito e inesperado. Con él os dejamos.

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Nos consta que llevabas ya recorrido un buen tramo de tu vida profesional en otros ámbitos antes de lanzarte al mundo de la interpretación. ¿Cómo, cuándo y por qué tomaste la decisión de actuar?

Pues sí… las casualidades de la vida, supongo. Fue Ruth, nuestra compañera en la película, quien me habló por primera vez del proyecto que tenía Mercedes Saiz, a la que ella ya conocía, de abrir una escuela de teatro aquí en León, y de que estaba buscando alumnos. Siempre me gustó el mundo de la interpretación y además soy un gran aficionado al cine y al teatro, pero nunca había dado el paso. Se me presentó esta oportunidad y decidí apuntarme. La experiencia fue tan gratificante y me sentí tan a gusto que aquello que empezó como una prueba, se ha prolongado hasta hoy.

De hecho, no eres el único actor en el reparto de Media hora (y un epílogo) que ha estudiado y trabajado con Mercedes. ¿Puedes hablarnos de tu experiencia junto a ella?

Qué puedo decir… Para mí, Merce es la mayor “culpable” de que yo esté ahora donde estoy. Mi experiencia en Aula T, su escuela de Teatro, ha sido lo más importante que me ha pasado desde el punto de vista de actor, pero no sólo eso, sino también como persona. Todos los que hemos tenido y tenemos el privilegio de trabajar con ella nos damos cuenta de una cosa: su gran amor por el teatro y el mundo de la interpretación; es una fuerza que se transmite, además de sus grandes conocimientos en materia de dirección, por supuesto. Todo ese conocimiento, su respeto, rigor y pasión por esta profesión son valores que transmite y contagia a quién trabaja con ella. Siempre exige lo máximo a sus actores, pero porque ella es la primera que se lo exige a sí misma. Para ella, lo importante, más allá del talento o la capacidad que tengas, es que, si lo que haces lo haces de verdad y pones todo tu esfuerzo, eso es lo que cuenta, y eso es algo que dice mucho de ella no sólo como profesional sino como persona.

Yo he tenido la oportunidad de hacer ya muchos trabajos bajo su dirección, tanto en el Grupo Trejoviana como en trabajos de escuela, y siempre es un lujo trabajar con ella. Es muy rigurosa con el trabajo, pero nunca con tensión; siempre con una sonrisa, ayudando y dirigiendo dentro de un ambiente agradable en el que el actor o actriz se sienta cómodo, cosa que para mí es fundamental, dadas las muchas horas de trabajo compartido que implica siempre el buen desarrollo de cualquier montaje artístico.

¿Hay algún trabajo teatral o cinematográfico, o algún actor que consideres una influencia consciente en tu trabajo, o que te haya inspirado?

Desde muy pequeño, siempre he tenido una gran afición por el cine y en concreto por el cine clásico, lo que comúnmente se llaman los años dorados de Hollywood. Podría citar muchos de aquellos grandes actores y actrices que me gustan pero nunca he sido persona de ídolos o fetiches y no podría resaltar específicamente un determinado actor que me haya marcado o por el que yo me sienta influenciado. Además creo que el trabajo de un actor precisamente se basa en la creación y exploración propia a la hora de crear un personaje y se debe tratar todo lo posible de huir de imitaciones o de intentar hacerlo como un determinado actor o actriz, por muy famoso que sea.

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¿Cómo describirías el placer de interpretar a quien nunca lo haya probado?

Es complicado. Esto de actuar es una inquietud, un deseo, una pasión, llámalo como quieras, que se tiene o no se tiene. Yo creo que se nace con ello; otra cosa es que luego la vida te lleve por otros caminos, pero el que tiene esa inquietud nunca la pierde… supongo que como cualquier otra actividad, sobre todo artística. El poder dar vida encima de un escenario a todo tipo de personas y personajes, crearlas, darles forma, cuando además muchas de ellas nada tienen que ver contigo, forma parte de la magia de esta profesión; el contacto con el público, el aplauso… son cosas que sólo conoce el que se ha subido alguna vez a las tablas.

Has trabajado también a las órdenes de Javier Bermejo, quien rápidamente se está haciendo con un nombre considerable. ¿Cómo describirías a Bermejo el director, y cómo te sientes ante la perspectiva de volver a compartir proyecto con él, esta vez como actor?

Pues de Javi te diré que es, junto con Mercedes Saiz, de quién he aprendido todo lo que sé del teatro y de la interpretación. Es un tipo muy grande; creo que todas las personas que han tenido el honor de trabajar con él te dirán lo mismo que yo. Es imposible no cogerle cariño. Como director, lo hace todo muy fácil; te das cuenta de que es talento puro. Es como esos grandes jugadores que hacen cosas que parecen lo más sencillo del mundo pero que, cuando tú quieres hacerlo, te das cuenta de lo verdaderamente difícil que es, y el talento que hay que tener para hacerlo igual. Dirige de una forma muy tranquila, creando un gran ambiente de trabajo, con mucho sentido del humor, una de sus grandes cualidades. Respecto a volver a compartir proyecto con el sólo puedo decir una cosa: es un gran privilegio.

Con Bermejo trabajaste en las obras Las señoritas de Avignon y Un jurado sin piedad. Estas navidades pudimos verte en la segunda de ellas. Pese a (o tal vez gracias a) celebrarse en un lugar reducido, prácticamente sin escenario, la historia y las interpretaciones destilaban un aura tremenda. Tu papel era uno de los más enérgicos e intensos. ¿Cómo percibiste tu participación en este proyecto en general, y tu papel en particular?

Teatro Cuatro es un grupo a quién yo le tengo un cariño y un agradecimiento especial, puesto que ellas fueron (y digo ellas porque este grupo lo fundaron solo mujeres) quienes, sin conocerme de nada y en un acto de gran generosidad, me dieron la primera oportunidad de participar en un montaje teatral dentro de un grupo de teatro. Cuando se planteó el hacer Un jurado sin piedad, quedó siempre claro desde el principio, por parte sobre todo de Javier Bermejo, la necesidad de no caer en la imitación o comparación (que por otra parte sería absurda) con el gran y famoso montaje del programa Estudio 1, realizado por TVE en los años setenta, con la presencia de doce de los mejores actores españoles de todos los tiempos. Ni nosotros éramos doce ni podíamos compararnos con semejantes monstruos de la interpretación. Tenía que ser un montaje en el cual, partiendo de un guión totalmente claro, con una historia perfectamente conocida y definida, pudiéramos darle cada uno de nosotros nuestro propio matiz a cada personaje. Y sobre esa premisa se trabajó desde un principio, siendo un trabajo de creación y exploración continuo muy interesante y enriquecedor, hasta el resultado final que yo creo que, siendo fiel a la historia que cuenta, lo hemos hecho propio, sin imitaciones ni comparaciones, de lo cual estamos muy contentos.

¿Qué sentiste al leer por primera vez el guión de Media hora (y un epílogo)?

Pues te das cuenta de que, como suele suceder, en la sencillez está el talento. Cómo una idea sencilla o aparentemente sencilla, contada desde distintos puntos de vista, diferentes ambientes, con distintos personajes que se mezclan y confluyen, puede dar lugar, cuando todo esto se junta, a algo mucho más complejo… a muchas historias individuales, a cómo las pequeñas cosas de la vida, las casualidades, los imprevistos, el azar, influyen en el desarrollo de la vida de las personas. Y en todo esto yo creo que se nota la mano de un escritor como es Epi, además de director.

La historia relata media hora en la vida de varios personajes, en su gran mayoría complejos, multidimensionales y arrastrados a una espiral en la cual pierden el control. Sin destripar demasiado, ¿puedes hablarnos sobre cómo percibes el tuyo?

Pues es una persona a quien los acontecimientos le desbordan, sin él pretenderlo. Un personaje impulsivo y que, fruto de esa impulsividad, puede desencadenar unos acontecimientos que pueden llevarle al desastre… o no. Y, como dices, no contamos más; que luego todo se sabe.

¿Qué crees que puede aportar una película como esta al espectador?

Una reflexión acerca de cómo el azar influye en nuestras vidas y cómo determinadas decisiones que en principio parecen intranscendentes pueden suponer un giro radical en nuestras vidas.

Es una película que hace pensar al espectador sobre muchas cosas; la fragilidad de la vida, el azar, la violencia, la desigualdad… Cómo, en un periodo de tiempo muy corto en la vida de los personajes, se ponen sin embargo en evidencia muchas cosas a la vez. Es algo muy enriquecedor para quien lo está viendo.

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